Título: El soldado le enseña la instrucción a una niña |
En la ciudad de Vitoria ha llamado la atención,
un militar a una niña le ha enseñado la instrucción.
El día de San Prudencio a pasear se salió
por las orillas del bosque a ver jugar al futbol.
Un domingo por la tarde un militar le seguía,
le decía palabritas, que si a él lo quería,
y ella le contestaba con palabritas muy dulces:
–Yo de quererte, muchacho, te daré lo que te guste–.
Y a eso de los nueve meses a su madre le decía:
–Madre, no sé lo que tengo, aquí dentro (d) esta barriga,
tú me tendrás que decir, que estarás más enterada
de qué proviene ese mal de tener la tripa hinchada.
–Yo no te comprendo, hija, si no me hablas más claro
y no te puedo decir lo que a ti te ha hecho daño.
–Un gallardo militar una tarde de paseo
invitó a llevarme al cine y allí comenzó el magreo,
en el cine no jodimos porque había mucha gente
pero mi coño de gusto se iba como una fuente,
a la salida del cine en un portal me metió,
me agarró de la cintura y al suelo me arrojó
y sacándose una cosa, ¡ay, qué cosa me metió!
–Hija mía de mi alma, según tus explicaciones
te han debido de meter hasta los santos cojones.
–Yo no le podré decir de qué regimiento era
lo que sí puedo decir que jodía de primera,
me enseñó a ponerme firme, en descanso y acostada
y de los tres movimientos el último me gustaba.
Esta canción, obviamente masculina, era típica de la mili. Muchos quintos riojanos debieron aprenderla en el campamento de instrucción de reclutas de Araca (Vitoria), las referencias del comienzo son muy evidentes. Venimos observando un cancionero obsceno propio del servicio militar que debió estar muy vigente justo en los años posteriores a la guerra civil española. La grosería de este tipo de canciones venía a compensar las dificultades que la tropa tenía para alternar con el sexo femenino. En el fondo de tanta obscenidad hay algo más que una rebeldía, es más bien una venganza colectiva y anónima a través del canto contra una realidad represiva y cargada de frustraciones.